La hija de mi novio baila con su sombra. A mi me conmueve la metáfora. Tendrían que verla, cuando el padre toca el bajo, ella dice ¿Bailamos? Y cuando es de noche y la luz choca contra su cuerpito en la oscuridad natural, se desprende su sombra y dice Miren quien vino. A mi esta nena me hace llorar de felicidad. Y baila.
Enseguida me pregunto ¿Puedo ser como ella y bailar inocentemente? ¿Cantar inocentemente? Dar las clases, sin interferir, haciendo sentir la verdadera intimidad de la práctica? En el zen se dice: mente zen mente de principiante. ¿Podremos entregarnos al misterio de todo, de nosotros mismos, sin temor? Estar. Solo eso.
Es que bailando se disuelve el miedo. Bailar es moverse al ritmo y gozar.
La foto es Café Muller, de Bausch.
