viernes 21 de octubre de 2011

El poder de la entrega





El otro día en la clase leí un acto de Psicomagia para entrar en la Poesía, la entrega y el renacimiento diario a la verdad y la belleza. Un acto que consiste en repetir este ritual todas las noches por el período de un año: encerrarse en un cuarto, sola/o, sin presencia animal tampoco, desnuda/o, perfumarse los pies con un aceite (siempre el mismo) prender una carbonilla o sahumerio o esencia (siempre la misma) poner una canción inspiradora (siempre la misma) y, en este cuarto oscuro, encender una vela, y como si se estuviera al borde de la muerte, escribir un breve poema.

Después le presté el libro a Laura, para que me diera su opinión ya que ningún psicólogo me había dado una devolución del método Jodorowskyano que tanto me fascina. A la clase siguiente, me lo devolvió diciéndome que no le gustan las recetas ni la sugestión y que este señor particular no la convencía demasiado. Laura es tan hermosa. Me dio “Budismo zen y psicoanálisis” del cual pego un fragmento glorioso.

El método zen consiste en penetrar directamente en el objeto mismo y verlo, como si dijéramos, desde dentro. Conocer la flor es convertirse en la Flor, ser la flor, florecer como la flor y gozar de la luz del sol y de la lluvia. Cuando se hace esto, la flor me habla y conozco todos sus secretos, todas sus alegrías, todos sus sufrimientos: es decir, toda su vida vibrando dentro de sí misma. No sólo eso: al lado de mi “conocimiento” de la flor conozco todos los secretos del universo, lo que incluye todos los secretos de mi propio yo, que ha venido eludiendo hasta ahora mi persecución de toda la vida, porque me he dividido en una dualidad, el perseguido, el objeto y la sombra. ¡Por algo nunca he podido captar mi propio yo y cuán agotador ha sido este juego.

Lo que me gusta del psicoanálisis y del zen es que (si el terapeuta si es  bueno) en las dos técnicas no hace falta que uno pegue etiquetas a su locura, sino que es un dejarse ir en un viaje de autoconocimiento y transformación duro pero totalmente renovador, en el que uno no tiene otra opción que convertirse en uno mismo. Sin indicaciones, sin teatro. Valentía de héroe. Austeridad de guerrero. Encender la luz en el medio de la noche y escribir un poema, ser la noche, ser el poema eso me gusta de Jodo.

Endimión en Latmos, del buen amigo Jorge Luis, otro que supo de entregas.

Yo dormía en la cumbre y era hermoso
Mi cuerpo, que los años han gastado.
Alto en la noche helénica, el centauro
Demoraba su cuádruple carrera
Para atisbar mi sueño. Me placía
Dormir para soñar y para el otro
Sueño lustral que elude la memoria
Y que nos purifica del gravamen
De ser aquel que somos en la tierra.
Diana, la diosa que es también la luna,
Me veía dormir en la montaña
Y lentamente descendió a mis brazos
Oro y amor en la encendida noche.
Yo apretaba los párpados mortales,
Yo quería no ver el rostro bello
Que mis labios de polvo profanaban.
Yo aspiré la fragancia de la luna
Y su infinita voz dijo mi nombre.
Oh las puras mejillas que se buscan,
Oh ríos del amor y de la noche,
Oh el beso humano y la tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis venturas;
Hay cosas que no miden los racimos
Ni la flor ni la nieve delicada.
La gente me rehuye. Le da miedo
El hombre que fue amado por la luna.
Los años han pasado. Una zozobra
Da horror a mi vigilia. Me pregunto
Si aquel tumulto de oro en la montaña
Fue verdadero o no fue más que un sueño.
Inútil repetirme que el recuerdo
De ayer y un sueño son la misma cosa.
Mi soledad recorre los comunes
Caminos de la tierra, pero siempre
Busco en la antigua noche de los númenes
La indiferente luna, hija de Zeus.