El otro día en la clase leí un acto de Psicomagia para
entrar en la Poesía, la entrega y el renacimiento diario a la verdad y la
belleza. Un acto que consiste en repetir este ritual todas las noches por el
período de un año: encerrarse en un cuarto, sola/o, sin presencia animal tampoco,
desnuda/o, perfumarse los pies con un aceite (siempre el mismo) prender una
carbonilla o sahumerio o esencia (siempre la misma) poner una canción inspiradora
(siempre la misma) y, en este cuarto oscuro, encender una vela, y como si se
estuviera al borde de la muerte, escribir un breve poema.
Después le presté el libro a Laura, para que me diera su
opinión ya que ningún psicólogo me había dado una devolución del método
Jodorowskyano que tanto me fascina. A la clase siguiente, me lo devolvió diciéndome
que no le gustan las recetas ni la sugestión y que este señor particular no la
convencía demasiado. Laura es tan hermosa. Me dio “Budismo zen y psicoanálisis”
del cual pego un fragmento glorioso.
El método zen consiste en penetrar directamente en el objeto
mismo y verlo, como si dijéramos, desde dentro. Conocer la flor es convertirse
en la Flor, ser la flor, florecer como la flor y gozar de la luz del sol y de
la lluvia. Cuando se hace esto, la flor me habla y conozco todos sus secretos,
todas sus alegrías, todos sus sufrimientos: es decir, toda su vida vibrando
dentro de sí misma. No sólo eso: al lado de mi “conocimiento” de la flor conozco
todos los secretos del universo, lo que incluye todos los secretos de mi propio
yo, que ha venido eludiendo hasta ahora mi persecución de toda la vida, porque
me he dividido en una dualidad, el perseguido, el objeto y la sombra. ¡Por algo
nunca he podido captar mi propio yo y cuán agotador ha sido este juego.
Lo que me gusta del psicoanálisis y del zen es que (si el
terapeuta si es bueno) en las dos
técnicas no hace falta que uno pegue etiquetas a su locura, sino que es un
dejarse ir en un viaje de autoconocimiento y transformación duro pero
totalmente renovador, en el que uno no tiene otra opción que convertirse en uno
mismo. Sin indicaciones, sin teatro. Valentía de héroe. Austeridad de guerrero. Encender la luz en
el medio de la noche y escribir un poema, ser la noche, ser el poema eso me gusta
de Jodo.
Endimión en Latmos, del buen amigo Jorge Luis, otro que supo
de entregas.
Yo dormía en la cumbre y
era hermoso
Mi cuerpo, que los años
han gastado.
Alto en la noche
helénica, el centauro
Demoraba su cuádruple
carrera
Para atisbar mi sueño. Me
placía
Dormir para soñar y para
el otro
Sueño lustral que elude
la memoria
Y que nos purifica del
gravamen
De ser aquel que somos en
la tierra.
Diana, la diosa que es
también la luna,
Me veía dormir en la
montaña
Y lentamente descendió a
mis brazos
Oro y amor en la encendida noche.
Yo apretaba los párpados
mortales,
Yo quería no ver el
rostro bello
Que mis labios de polvo
profanaban.
Yo aspiré la fragancia de
la luna
Y su infinita voz dijo mi
nombre.
Oh las puras mejillas que
se buscan,
Oh ríos del amor y de la
noche,
Oh el beso humano y la
tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis
venturas;
Hay cosas que no miden
los racimos
Ni la flor ni la nieve
delicada.
La gente me rehuye. Le da
miedo
El hombre que fue amado
por la luna.
Los años han pasado. Una
zozobra
Da horror a mi vigilia.
Me pregunto
Si aquel tumulto de oro
en la montaña
Fue verdadero o no fue
más que un sueño.
Inútil repetirme que el
recuerdo
De ayer y un sueño son la
misma cosa.
Mi soledad recorre los
comunes
Caminos de la tierra,
pero siempre
Busco en la antigua noche
de los númenes
La indiferente luna, hija
de Zeus.
